Estimado Sr. Postmaster: Tengo la gripe A. Ya sabe usted que yo no tengo de nada, pero no sé como estoy tan repleto de ese virus que está tan de moda. Tengo para dar y regalar. Quien diría que a mi edad yo iba a ser un rico potentado de reservorio vírico. ¿Qué cómo me he podido contagiar? ¡Eso me pregunto yo! No he viajado, salvo en sueños, y mis compañeros de celda ni soñarlo, esos son de encefalograma plano. No sé si voy a morirme, pero estoy muy malito Sr. postmaster.
Empecé con unos estornudos de nada, los compañeros decían que era por dormir con el culo al aire. Esto en plan guasa para tirarme de la lengua. ¡Sí, cualquiera duerme aquí con el trasero al raso! ¿Como no hay salidos? Después comenzaron los moqueos. Parecía que lloraba por la nariz. Como no dispongo de pañuelos, me limpio con el papel de estraza que me pone la nariz como un pimiento del piquillo. No sé si será atrevimiento, pero si pudiera mandarme un paquetito de esos pañuelos que le llaman clínex se lo agradecería enormemente. Hasta me pueden servir para hacerme unas mascarillas, aunque no sé si será buena idea porque mi carcelero es algo paranoico y tiene malas reacciones.
Un día se me ocurrió gastarle una broma con unos dientes de ajo que me los puse a modo de drácula, y al pasar junto a la celda a la hora del recuento nocturno, le hice un embiste… y como acto reflejo, dio un repullo hacia atrás gritando ¡va de retro satanás! Me sacó un crucifijo de oro macizo que llevaba colgado al cuello enganchado en una cadena que parecía la maroma de un ferry. Después intentó clavarme la porra a modo de estaca. Decía que así morían los vampiros. Pero si usted supiera por dónde me la quería clavar… mejor no se lo digo.
Estuve en la clínica y la doctora me ha dicho que es puta con precaución (quiero decir esputa, todo junto) por eso le pido los clínex. La cosa parece seria porque según prescripción facultativa tengo todos los síntomas característicos. Me sacó sangre y la mandó a analizar. Espero los resultados desde hace días.
Ahora temo a la noche. Con la llegada de las sombras me surgen malos pensamientos. De pronto, como si fuera una película, pasa por mi mente retazos de mi vida y siento que este recapitular no me trae nada bueno. Sr. postmaster tenga usted cuidado, que la fiebre A, dicen que es una pandemia y anda suelta por todas partes; y usted que anda por tantos sitios, no vaya a ser que la coja.
Resulta que no he hecho testamento. Ni siquiera me lo he planteado; como nunca he tenido grandes patrimonios, no sé que voy a legar. Pensaré en ello y en una próxima carta se lo confiaré. ¿A quién mejor que a usted?
Asépticamente se despide, Sr. Sandalio Pérez aprisionado de la red.
P.D.: notará que el tipo de letra ha cambiado. El caso es que le escribo con la máquina del enfermero, que me la ha prestado de mala manera si no fuera por las amenazas de contagio que le he propuesto.